El Sol brilla por la ventana, el aroma de comida recién hecha inunda la cocina y el comedor luce espléndido esperando a los invitados. Todo apunta a que va a ser un domingo memorable, si no fuera por el platillo volante que acaba de empotrarse contra nuestra buhardilla. ¿Por qué será que siempre nos pasan estas cosas a nosotros?
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